martes, 29 de octubre de 2013

LO QUE SE MERECEN


Un alumno se allegó a su maestro y le preguntó:

-¿Maestro, es verdad que a cada uno hay que darle lo que se merece?

-Excelente es tú cuestionamiento, pero, ¿Por qué no lo averiguas tú mismo? Ve y pregúntale a ese pordiosero y luego a aquel mercader, que se encuentra allá.

El pequeño rapaz se acercó al pordiosero, quien después de meditar unos instantes sobre la pregunta la resolvió afirmativamente. Luego se acercó al mercader y le hizo la misma pregunta y éste inmediatamente respondió: “sí, a cada uno hay que darle lo que se merece.”

Hecho esto el joven volvió a su maestro con la cara radiante y con registro de satisfacción:

-Si maestro, cada uno debe tener lo que se merece, pero tengo otra duda, ¿Qué es lo que cada uno se merece?

-Ve y pregunta -volvió a decir el maestro-

El alumno volvió donde se encontraban sus entrevistados y le preguntó a cada uno por separado:

-¿Qué es lo que usted se merece? –preguntó primero al pordiosero-

-Haber; siempre he sido pobre y bueno, si algo merezco yo es lo mejor: vida eterna, amor, mujeres, bienes materiales.

-¿Y qué se merece aquel vendedor?

-¿Ese? Ese es un avaro, vive sólo para el trabajo y no da limosnas, se merece la muerte, el cadalso, el infierno. –Imprecó-

Luego de escuchar esto, el joven se dirigió a interrogar al vendedor.

-Amigo, ¿qué es lo que usted se merece?

-Pues yo -respondió el vendedor- he sido bueno, honesto, trabajador y merezco ser recompensado por ello, con dinero, amor, mujeres, bienes materiales, vida eterna.

-Y ¿aquel mendigo qué se merece?

-Ese es un vago, vive sólo para mendigar y nunca trabaja aunque pueda, se merece la muerte, el cadalso, el infierno.

Hechas estas averiguaciones el discípulo regresó al maestro y las contó tal y como habían ocurrido y además, lo perplejo que había quedado con las respuestas de aquellos hombres y, por último, le pidió el favor que le explicara lo que había pasado; el maestro respondió:

-Eso que acabas de escuchar significa que cada uno de nosotros es el mejor juez para consigo mismo y el peor verdugo para con los demás y, que si a cada uno de nosotros nos dieran lo que nos merecemos, ninguno escaparía de una soberana paliza.

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