Un alumno se allegó
a su maestro y le preguntó:
-¿Maestro, es
verdad que a cada uno hay que darle lo que se merece?
-Excelente es tú
cuestionamiento, pero, ¿Por qué no lo averiguas tú mismo? Ve y pregúntale a ese
pordiosero y luego a aquel mercader, que se encuentra allá.
El pequeño rapaz se
acercó al pordiosero, quien después de meditar unos instantes sobre la pregunta
la resolvió afirmativamente. Luego se acercó al mercader y le hizo la misma
pregunta y éste inmediatamente respondió: “sí, a cada uno hay que darle lo que
se merece.”
Hecho esto el joven
volvió a su maestro con la cara radiante y con registro de satisfacción:
-Si maestro, cada uno
debe tener lo que se merece, pero tengo otra duda, ¿Qué es lo que cada uno se
merece?
-Ve y pregunta
-volvió a decir el maestro-
El alumno volvió
donde se encontraban sus entrevistados y le preguntó a cada uno por separado:
-¿Qué es lo que
usted se merece? –preguntó primero al pordiosero-
-Haber; siempre he
sido pobre y bueno, si algo merezco yo es lo mejor: vida eterna, amor, mujeres,
bienes materiales.
-¿Y qué se merece
aquel vendedor?
-¿Ese? Ese es un
avaro, vive sólo para el trabajo y no da limosnas, se merece la muerte, el
cadalso, el infierno. –Imprecó-
Luego de escuchar
esto, el joven se dirigió a interrogar al vendedor.
-Amigo, ¿qué es lo
que usted se merece?
-Pues yo -respondió
el vendedor- he sido bueno, honesto, trabajador y merezco ser recompensado por
ello, con dinero, amor, mujeres, bienes materiales, vida eterna.
-Y ¿aquel mendigo
qué se merece?
-Ese es un vago,
vive sólo para mendigar y nunca trabaja aunque pueda, se merece la muerte, el
cadalso, el infierno.
Hechas estas averiguaciones
el discípulo regresó al maestro y las contó tal y como habían ocurrido y
además, lo perplejo que había quedado con las respuestas de aquellos hombres y,
por último, le pidió el favor que le explicara lo que había pasado; el maestro
respondió:
-Eso que acabas de
escuchar significa que cada uno de nosotros es el mejor juez para consigo mismo
y el peor verdugo para con los demás y, que si a cada uno de nosotros nos
dieran lo que nos merecemos, ninguno escaparía de una soberana paliza.
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