Para llevar
mensajes entre monasterios se empleaba a los alumnos, quienes hacían largos
viajes para cumplir con este acto. En un viaje de aquellos, un alumno llevaba
un mensaje a otro templo y debía atravesar determinado puente, en el puente se
hallaba un samurai a quien había sido impuesta la siguiente tarea: debía matar
con su espada a las primeras ciento cincuenta personas que atravesaran por
aquel puente, cuando el joven llegó, este le dijo:
-Debo matarte pues
tengo una tarea impuesta por mi maestro, matar a ciento cincuenta personas que
pasen por este puente y tú eres el último.
-¿Pero como? Yo
también tengo una misión que es llevar estos documentos al monasterio de la
villa.
-Lo siento, debo
cumplir, y levantó la espada.
-Espera -lo detuvo
el joven- ya que debes matarme, déjame cumplir mi tarea y te prometo que
volveré y así, podrás matarme y cumplir tú también.
-Prometes que
volverás, dijo el samurai
-Si te lo prometo
-Ve pues, que aquí
te espero.
El alumno llevó el
mensaje y le relató lo ocurrido al maestro que le recibió, diciéndole también
que aunque debía cumplir no quería morir.
Entonces el maestro
le dijo que cuando llegara al puente nuevamente, sacara una espada que él le
conseguiría previamente, la levantara en posición de ataque y cerrara los ojos
diciendo: “estoy listo para morir.”
El joven tomó la
espada que el maestro le consiguió, y empezó a deshacer camino, por fin avisto
el puente y se acercó impaciente y allí estaba el samurai quien le dijo:
-haz cumplido tu
promesa, muy bien, ¡defiéndete!
El joven hizo caso
a su maestro, sacó la espada, la levantó y cerrando los ojos advirtió:
-“¡¡¡Estoy listo
para morir!!!”
El samurai abrió
los ojos espantado y pensó para sus adentros:
-¿Cómo puede ser
posible? Este debe ser un gran maestro, está dispuesto a morir y aún en posición de ataque cierra los
ojos, si me muevo me mata.
Y prefirió huir.
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