En una ciudad del
antiguo oriente, un hombre decidió aprender a tirar en el arco y buscó un
maestro para tal fin, el maestro que encontró lo envió nuevamente a su casa a
que observara la aguja de la máquina de coser de su esposa y que no regresara
hasta tanto no pudiera advertir perfectamente la entrada y salida de ésta. El
hombre obedeció y unos meses más tarde regresó ante él haciendo alarde de sus
logros.
Esta vez el maestro
le envió a que pegara un insecto en el fondo de su habitación y lo observara
hasta que distinguiera todas sus partes desde una distancia pertinente. El
hombre volvió a su casa, atrapó un
insecto lo colocó junto a un vidrio y se acostó en su cama a observarlo hasta
que logró distinguir hasta los pelos de las patas del animal y regresó
nuevamente donde su maestro.
-Estoy listo.
Esta vez el maestro
le enseñó los secretos del arco y la
flecha y cuando ya no tuvo más que enseñarle le dijo:
-Ya eres un
maestro, puedes dar por terminada tu enseñanza.
El hombre le
agradeció y se marchó.
Poco tiempo después
en el pueblo se escuchaba que él era el mejor arquero del mundo, cosa que lo
llenaba de orgullo, hasta que en una oportunidad escuchó que el mejor arquero
debía ser quien le había enseñado a él. Cegado por la ira partió en busca de su
maestro y al encontrarlo tomó una saeta y se la disparó, saeta que su maestro
logro tirar al suelo con una disparada por él, así continuó un formidable
combate donde las flechas disparadas por
uno eran partidas en el aire por las flechas disparadas por el otro. Por
fin las saetas se acabaron y el maestro pudo preguntar:
-¿Qué es lo que
pasa?
-Pasa que yo quiero
ser el mejor arquero y sus conocimientos me opacan, por eso debo matarlo.
-Espera, le dijo el
maestro pensando que el hombre que tenía ante sí era demasiado peligroso. Yo te
he enseñado todo lo que sé, pero hay alguien que puede continuar tu enseñanza,
si te calmas te enviaré a él.
El hombre compuso
su cara colérica e hizo caso a su maestro y éste lo envió a una elevada montaña
donde un hombre viejo y de aspecto sereno vivía ensimismado observando la
naturaleza; llegado a los pies mismos del anciano le dijo:
-Me han dicho que tú
eres el mejor maestro de arco y flecha y quiero que me lo demuestres.
El maestro lo
observó impasivo y haciendo el ademán de cargar una flecha invisible y
dispararla; apuntó a un ave que volaba cerca, lo curioso es que sus manos
estaban vacías pero aún así el ave calló fulminada.
No puedo creerlo
–exclamo el recién llegado– pero si no tienes armas; enséñame por favor, quiero
ser tu alumno.
-Lo primero que
tienes que hacer, si quieres ser mi alumno y convertirte en un buen maestro de
arco y flecha es olvidar el arco y la flecha.
Así lo hizo y se
quedó muchos años al lado del nuevo maestro. Habiendo acabado su entrenamiento,
un día que había vuelto a su hogar y que se dirigía hacia el mercado, alguien se acercó y le
dijo:
-¿Es verdad que tú
eres el mejor maestro de arco y flecha?
-¿Arco? ¿flecha?
–contestó- ¿Qué es eso?
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