A un
antiguo maestro de artes marciales se allegó un joven cubierto de golpes y
moretones:
-Maestro, pertenezco a la villa vecina, y cada
cierto tiempo vienen unos hombres armados y nos roban todo lo que tenemos. El
pueblo me ha escogido a mí para que llegue hasta usted y le pida que me entrene
para poder ser su salvador. Allí en el pueblo tiene usted fama de ser un
excelente guerrero y además que puede enseñarme a pelear y darme armas.
-Tú pueblo se ha equivocado, yo no enseño a
pelear y mucho menos doy armas.
-Maestro, pero observa como quedamos después
de cada asalto de esos maleantes, por favor, enséñame a defenderme y dame
armas.
Largo rato estuvieron en esta discusión y
largo rato suplicó el hombre lo mismo. El maestro lo pensó largamente y se
retiró a sus aposentos para regresar con algo escondido entre sus manos y a la
espalda.
-Tanto has insistido –dijo- que voy a
entrenarte, te enseñaré el arte de la defensa, te enseñaré a vencerte a ti
mismo, pero para tus armas sólo puedo regalarte un fino protector.
Diciendo esto sacó lo que traía escondido y lo
entregó al hombre quien lo desenvolvió con ansias y se sorprendió al encontrar
una vestimenta.
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