martes, 5 de noviembre de 2013

EL ARMA


A  un antiguo maestro de artes marciales se allegó un joven cubierto de golpes y moretones:

-Maestro, pertenezco a la villa vecina, y cada cierto tiempo vienen unos hombres armados y nos roban todo lo que tenemos. El pueblo me ha escogido a mí para que llegue hasta usted y le pida que me entrene para poder ser su salvador. Allí en el pueblo tiene usted fama de ser un excelente guerrero y además que puede enseñarme a pelear y darme armas.

-Tú pueblo se ha equivocado, yo no enseño a pelear y mucho menos doy armas.

-Maestro, pero observa como quedamos después de cada asalto de esos maleantes, por favor, enséñame a defenderme y dame armas.

Largo rato estuvieron en esta discusión y largo rato suplicó el hombre lo mismo. El maestro lo pensó largamente y se retiró a sus aposentos para regresar con algo escondido entre sus manos y a la espalda.
-Tanto has insistido –dijo- que voy a entrenarte, te enseñaré el arte de la defensa, te enseñaré a vencerte a ti mismo, pero para tus armas sólo puedo regalarte un fino protector.
Diciendo esto sacó lo que traía escondido y lo entregó al hombre quien lo desenvolvió con ansias y se sorprendió al encontrar una vestimenta.

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