domingo, 29 de septiembre de 2013

CHUMBI

Un día de mercado, escuchó decir un hombre en un corrillo, que en lo más alto de la montaña vivía un gran maestro de artes marciales y decidió subir a buscarle para que le entrenara en dichas artes. Cuatro días caminó por entre los árboles y la niebla, enfrentándose a peligros insospechados, cuando hubo divisado una modesta cabaña, apresuró el paso y llego hasta su portal, en el que se encontraba un anciano. Después de contarle a que había llegado hasta allí le pidió que le tomara como su discípulo, el maestro le increpó sobre el salario que debía recibir como maestro y el joven dijo que pagaría el más alto precio que podía pagarse, siendo su sirviente.
El maestro acordó recibirlo como practicante, a lo cual él pagaría siendo su sirviente y haciéndole una reverencia muy especial cada que lo viese, y así él decidiría cuando comenzar el verdadero entrenamiento. La reverencia consistía en cerrar los puños y hacer un círculo hacia fuera y hacia adentro con ambas manos, empezando muy cerca del pecho y terminando frente al tandem, (punto medio del cuerpo).
Hecho el trato, cada uno se dedicó a lo suyo, el sirviente hacía la venia cientos de veces al día, esperando que su maestro lo honrara con la enseñanza de las artes marciales que había ido a buscar, pero el tiempo transcurrió. Semanas y meses enteros soportó al indolente maestro que no se decidía a enseñarle las técnicas apropiadas.

Cumplido un año, el alumno fue al maestro y le anuncio su partida y su terrible descontento por la perdida de tiempo. Partió inmediatamente sin que el maestro tratara de detenerlo y tres días más tarde llegaba al pueblo en día de mercado, exactamente como en el día de su partida. No habiéndose acercado lo suficiente, advirtió que un toro enfurecido por sus perseguidores, corría en dirección a una multitud de niños que jugaban descuidadamente en medio de la calle;  El joven ex discípulo se atravesó en el camino del animal e instintivamente realizó la venía que tanto había hecho ante su maestro, los cuernos del toro, quedaron enredados en los puños del joven que continuó el movimiento estrellándolo contra el suelo. Hecho esto regresó al lado de su maestro para continuar el aprendizaje.

**Escuchado en el dojo mismo de voz del maestro Bladimir Fernández.

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